jueves, 10 de enero de 2013

QUIERO SER CONGRESISTA



He visto que ser congresista en Colombia es muy fácil, o eso aparenta serlo, ¿Qué difícil va a ser para alguien ir a escuchar a uno que otro pantallero refunfuñar porque su ley de subsidio para la gasolina no se aprobó, o presenciar cómo se sacan los trapitos para decir quién está más cochino? Por más sucios que estén y las descachadas que tengan los reeligen cada cuatro años, es divertido, divertido y además se le puede sacar provecho, ¿Por qué va a ser difícil votar el sí en un proyecto de ley si a cambio le dan trabajo a mi esposa, a mi primo, o me garantizan una embajada?

Los veo disfrutando de sus tres meses de vagancia, digo, de vacancia que a cualquiera le gustaría tener; pero es que tampoco les demos duro, descansan tres meses porque terminan exhaustos de aprobar decenas de leyes al final de su periodo, ahg, y que respondan las mujeres, ¿quién no descansaría de un periodo que dura 9 meses? Son 9 meses manchando sus hojas de vida y desangrando al país, eso se merece un descanso.

En nueve meses aprobaron la Ley Lleras, finalmente le dieron visto bueno  al TLC y avalaron la Reforma Tributaria.  Así que debería ser más tiempo, no deberían darles tres meses sino todo el año para que descansen, como sea hay que evitar que trabajen, miren lo que hacen los honorables congresistas cuando trabajan. No hay nada peor para los colombianos que un congresista haciendo su deber

Pero como todo va a seguir igual, gracias a Dios, me lanzaré como candidato en alguna lista para las próximas elecciones, viendo a Roy Barreras me doy cuenta que estar en una u otra da lo mismo, lo importante es lamboniar, por eso declaro mi admiración a Juan Lozano, que tiene el olfato preciso para la política. Hoy doy a conocer que siempre he sido partidario de que el país necesita un Cambio Radical, manteniendo, por supuesto, el talante Conservador del patriotismo, impulsado por la política Liberal de los grandes pensadores colombianos. Iré a visitarlos, y la primera estación que abordaré será la del Polo.

Voy a seguir el ejemplo de mis congresistas, voy a joder a Petro hasta que cambie la boina que ya debe tener adherida a su cuello cabelludo, pediré subsidio de gasolina, y cuando esté en vagancia pondré en debate cosas importantísimas, como la letra del himno o el escudo nacional.

sábado, 5 de enero de 2013

El buen rostro


Braulio se limpia la manga de la camisa bañada en sangre luego de golpear a su esposa. Margarita se maquilla en el tocador el morado de su pómulo derecho, y para disimular los vasos rotos del ojo se pone unas gafas Prada

Humberto y sus dos amigos absorben el aire cálido de la habitación tras haber fumado hierba toda la noche, entre incoherencias, sonrisas y labios resecos abren las ventanas y el humo comienza a disiparse.

Vanessa lava su ropa interior, hace poco terminó de trabajar y el último hijueputa con el que se acostó solo le pagó la mitad de lo acordado,  20 mil pinches pesos “¿Le sirven?” le dijo antes de cerrar la puerta.

Raúl y Carlos, jóvenes de jean y pelo suelto no pueden dormir, ambos caminan en círculos en la sala de su casa. Hace unas horas desfogaban su pasión sobre el cuerpo del otro, ¿Qué pensarán sus padres? ¿Qué pensarán sus novias? ¿Desde cuándo amar a alguien es pecado?

Camila y Daniela abren sus ojos, se miran fijamente y con los dedos dibujan una sonrisa en sus labios, ambas abrazan al hombre con el que pasaron la noche, lo acarician; él a penas las observa de reojo.

Fernanda recién entró a la casa, su desvelado esposo la esperaba en la sala, las marcas en el cuello la delatan, no pasó la noche con una sola persona, su esposo lo sabe y la abraza, su amor es más fuerte que la infidelidad sabatina, le pregunta si quiere chocolate y le prepara el desayuno.

Álvaro, aquél hombre alto y elegante, con la camisa desapuntada y algo de barro en los zapatos acaba de enterrar al finado que tenía por encargo.

Todos ellos ponen su mejor cara, se arreglan antes de entrar, nadie se saluda con nadie, son seres que coinciden en tiempo y espacio (y en desgracia, pero no lo saben).

Darío acaba de venirse en el rostro de una niña rubia, ella apenas tiene 15 años y se aguanta esto, todo por irse a otro país a buscar “un mejor futuro”. Darío la acompaña a la salida, la deja en el taxi luego de pagarle 60 mil pesos, la despide y se da vuelta, regresa caminando a su hogar, se lava las manos, se coloca la sotana, sale ante el público que hace un momento entraba, alza las manos  y dice: En el nombre del padre, del hijo y del espíritu Santo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

UN CLIENTE EN SANTA FE


Hace más de tres horas llueve en el centro de Bogotá, a veces arrecian tormentas que en segundos se transforman en pequeños chubascos, caen rayos que iluminan la penumbra de una calle visible gracias a uno que otro poste de luz que funciona. Seres con cuerpos de ensueño se ven obligados a ocultarse bajo el foco de un bombillo que poco alumbra, a no salir del pasillo que da entrada al motel.

Andrés ha intentado encender el Piel Roja tres veces hasta que se detiene, lo cubre con sus manos como diciendo un secreto y tras varias succiones rápidas logra mantenerlo fumable. Tiene veintiún años, hace cuatro meses no tiene sexo y  ya había ido adonde las putas, en el norte de Bogotá, pero era la primera vez que iría al Barrio Santa fe, centro comercial de sexo y repuestos de automóviles.

“No hay que meterle misterio a ir donde las putas” dice mientras sus piernas forradas en un blue jean emparamado andan por la calle 19 con carrera 10ma. El panorama no es alentador, el frío se cuela por la tela delgada del zapato y congela los pies, la lluvia inunda las calles, los andenes y las ganas de salir; por eso, a pesar de ser sábado y quincena, el barrio Santa fe luce como si fuera el marco de un partido entre Equidad e Itagüi: desolado a no ser por quienes ahí trabajan y otros pocos que aspiran divertirse.

Luego de caminar 20 minutos desde La Torre Colpatria y atravesar siete cuadras empantanadas Andrés llega a la Avenida Caracas. Inicia la zona de tolerancia de Santa fe. Lo reciben dos fuentes de delfines grises de los que no sale agua y cuatro mujeres trans con poco menos de veinticinco años. Visten tacones que no dan abasto para el tamaño de sus pies. A dos de ellas el brasier es lo único que los protege del inclemente frío, el brasier y una minifalda en jean; la tercera lleva puesto un vestido negro que se ciñe a su voluptuoso cuerpo para resaltar la cirugía de aumento de busto y cola; y la última, la más alta, usa un vestido beige con el mismo fin del negro. Andrés acelera el paso y deja atrás los delfines y las cuatro jóvenes a medio vestir sin decirles nada.

“Vamos a El Castillo, y luego a La piscina, a ver qué tal está la cosa” comenta Andrés mientras sigue andando con los zapatos y el cabello mojados, pero conservando el calor del Piel Roja que aún fuma.
El Castillo es un burdel ubicado en la esquina de la calle 23 con Av Caracas. Un edificio con 4 pisos, de fachada gris que en algunas partes se torna amarillenta, tiene cuatro reflectores que iluminan la entrada y un grupo de porteros de chaqueta azul, pantalón y zapatos negros que requisan desde los tobillos hasta el cuello a todo el que quiera ingresar. Andrés sube los cuatro escalones de la entrada, accede sin problema a la requisa y sus ojos se desorbitan al ver que junto a él hay un cuarto repleto de mujeres, algunas más delgadas que otras, a criterio de él unas muy feas, pero sea cual sea su estereotipo de belleza, el impacto visual de tantas mujeres sin más ropa que su propia piel lo motivó a pasar la puerta de madera en forma de arco y entrar al interior del Castillo.

Como si el frío de afuera que hela los huesos muriera tras pasar la puerta y el mundo lúgubre de la calle se inyectara dosis de Alicia en el País de las maravillas, la vista se llena con luces de neón y los oídos de electrónica, veinte mesas a la izquierda y veinte a la derecha, en medio una pasarela con dos tubos grises, además, un segundo piso que aún no abre, amigos que ríen sosteniendo una Póker o un whisky en sus manos, mujeres que sacuden sus culos en las caras de los hombres para hipnotizarlos y llevarlos a la cama. Los ojos de Andrés tratan de recorrer todo el lugar, como buscando algo, finalmente lo encuentra, baja un escalón y gira a la izquierda, pasa por el frente de dos mujeres que ni lo miran y llega a la barra de trago:

-¿Qué vale la cerveza?- Pregunta

-Cuatro mil hasta las 12p.m.- Responde la mujer que atendía.

-Deme una Póker- pide finalmente.

Andrés gira y camina un poco, esta vez no pasa entre dos mujeres sino entre siete que están de pie junto a una escalera, sigue andando hasta encontrar una mesa desocupada (fácil de hallar ese día), coloca la cerveza y se sienta. A su alrededor puede contar veinte mujeres, unas acompañando a los caballeros y otras como esperando a ser llamadas. Hay también dos hombres solitarios, uno en cada mesa, sus damas de compañía son dos cervezas que ya se tomaron.

Junto a la mesa de Andrés hay cuatro amigos reunidos que con dos botellas de whisky y una de agua ven con deseo a las mujeres que de vez en cuando pasan cerca para ir al baño. Uno de ellos gira la cabeza, levanta el brazo y deja extendidos los dedos índice y corazón que mueve hacia arriba y hacia abajo. Casi al instante aparece una mujer con la piel bronceada desde la frente hasta los dedos de los pies, con un jean que parece a punto de explotar por el tamaño de sus glúteos, tiene la cintura tan pequeña que con algo de esfuerzo se podría agarrar con las dos manos y cubrirla en su totalidad. Al igual que el jean, el brasier sugiere estar a punto de soltarse y perderse en el tiempo. Antes de sentarse los cuatro hombres se paran, ella les da la mano y uno de ellos ofrece su silla y se sientan a charlar, brindan, dejan sus copas sobre la mesa y se oye un llamado:



                “Continuando con el show de la noche, recibamos con total energía a:

                                                                              Melany Shakiraaa”



El volumen de la música sube hasta que vibran las botellas de cerveza, Melany, una rubia teñida de tez blanca y largas piernas, aparece en escena con unas botas negras de tacón alto y un vestido de baño gris con lentejuelas. Se dirige al primer tubo: lo mira, lo siente, le baila, lo coge, lo lame, lo frota y lo huele mientras se mueve al ritmo de la electrónica. Sigue bailando y deja el tubo, está en la mitad de la pasarela y por momentos la máquina de humo produce tanto que no deja verla, pero sus ojos cafés y mirada desafiante se cuelan dejando que Andrés la contemple, está arrodillada y sacude el pelo, sube de a poco mientras mueve sus nalgas y busca el segundo tubo, lo encuentra y se lanza hacia arriba como alcanzando el cielo, está en la cima del mundo, de su mundo, del de Andrés y del que la puede ver, sigue en la cumbre y desciende como un ángel, un ángel con un culo endemoniante que es rendición y redención a la vez para quien lo contempla. Regresa al primer tubo y sale de la pasarela, nadie aplaude.



                               “Seguimos con la segunda parte del show:
Desnuuuuuudoooo Toootaal”



Shakira regresa al escenario luego de beber algo de agua, se despoja del sostén gris con lentejuelas y se descubren sus pezones rosados y duros. Continúa bailando, desfilando por la pasarela luciendo su cuerpo, de repente se sienta, acomoda su espalda sobre el suelo y sube las piernas, recoge una mientras estira la otra y desliza sus dedos por el pecho, los baja por el abdomen, recorre el ombligo y llega a la tanga, la estira y mientras sube sus piernas despacio se va quedando desnuda, la arroja al vacío y se pone de pie, le da la espalda a Andrés y se inclina hacia adelante como queriendo tocar con las manos la punta de los pies. Segundos después recupera su figura recta y baila hasta llegar al tubo, se queda al lado y al mismo tiempo que levanta sus manos para agarrarlo inclinando el cuerpo, su pierna izquierda queda a 160 grados atenazando el fierro de metal y sus firmes nalgas van hacia adelante y hacia atrás al ritmo acelerado de una electrónica cada vez más provocante. Los hombres beben sus copas para que la saliva pase sin dificultad. El de Shakira es un culo que hipnotiza masas. Algunos minutos más tarde el show acaba y los aplausos y chiflidos acompañan la salida de esta diosa del tubo, que antes de dejar la pasarela pone sus manos sobre la pared de salida para descansar, está extasiada.

Andrés ya acabó su cerveza, a su lado baila reggaetón un tipo tan alto como Messi con una mujer tan baja como Carolina Cruz, ella, de traje negro ajustado dejando ver un poco de las líneas que dibujan la unión del posterior con las nalgas se voltea, coloca las manos sobre la mesa e inclina su culo hacia atrás, lo frota contra el blue jean del hombre y este, con una sonrisa nerviosa y morbosa le dice que se levante, hablan algo más y ambos ríen, luego, ella vuelve a darle la espalda, sus labios se fruncen y arruga la nariz, desorbita los ojos, siente asco, está incómoda. Segundos más tarde su rostro recupera la forma delicada, tranquila y provocante del comienzo y vuelve a girar, algo se vuelven a decir y ella se sienta en una mesa junto a aquél hombre.
El panorama de la anterior escena no dista de las demás, parece la locación y el momento en que se graban varios videos de reggaetón a la vez. Al otro lado, cruzando la pasarela hay tres hombres junto a dos mujeres que bailan y se besan para provocar a sus posibles clientes “Para ellas todo lo que nos excite es útil. Lo que para nosotros es deseo para ellas es una herramienta” dice Andrés tras ver la escena de las dos mujeres que se besan y se tocan “Vamos a la piscina, ya me aburrí” gruñe finalmente.

La piscina es el burdel más famoso de Bogotá, su reconocimiento ha llegado a tal que en 2006 fue escenario de la película colombiana “Soñar no cuesta nada”. Queda en la calle 23 con carrera 15, en frente de El Castillo y junto a una peluquería.

Andrés sale del Castillo sin extrañar nada de lo que deja atrás, vuelve a pasar por el cuarto repleto de mujeres pero esta vez sin notar su presencia. Afuera sigue lloviendo, cruza la calle y pregunta: “Amor ¿Por dónde llego a La Piscina?”, “Por la del parqueadero” contesta ella señalando la Avenida Caracas hacia el norte. Andrés sigue caminando, levanta la cabeza arrugando los ojos para que las gotas no le impidan ver y reconoce el gran letrero en luminarias azules y rosadas “LA PISCINA, CLUB INTERNACIONAL”, entra por el parqueadero que no contenía más de diez carros, llega a la entrada donde los empleados de logística con chaqueta azul y pequeños visos de amarillo y naranja lo requisan, pregunta el valor de la cerveza, le contestan que cuatro mil pesos y sigue caminando. Baja unas pequeñas escaleras y lo recibe un letrero que dice: “Fiestas de cumpleaños”. Para festejar un cumpleaños en la piscina hay que hablar con “Jhonny” el DJ del club que se encarga de seleccionar una zona VIP para los invitados de la fiesta, por cada dos botellas de cualquier bebida, La Piscina envía a una chica para que acompañe a los invitados. La botella más barata es la de tequila que cuesta ciento cincuenta mil pesos y la más cara la de whisky con un valor de doscientos sesenta mil.

Andrés gira a la izquierda, avanza dos metros y vuelve a voltear al mismo lado, entonces, y con más luz que en el Castillo, se respira aire húmedo y la gran atracción del club se hace visible: Una piscina de más de quince metros que divide el oriente del occidente, sobre ella hay un puente metálico con barandas grises y  un espacio más ancho en el medio para que las mujeres bailen ahí parte de su show. A los lados de la pileta hay dos plataformas con un tubo en la mitad de cada una. En el centro del puente una mujer desnuda hace el show del momento, mueve su cuerpo tímidamente, la grasa abdominal es visible cuando las caderas y el estómago le tiemblan, las nalgas no resaltan su figura, lo único que la hace diferente a las demás es que no tiene ropa. Termina su show y nadie aplaude. Uno de los empleados la cubre con una bata rosada como de boxeador.

Sentado y luego de pedir una cerveza que no costó cuatro mil sino seis mil Andrés contempla a una rubia delgada y piel canela con varios tatuajes en su cuerpo, uno de ellos en la pierna derecha que cruza. Ella habla con un hombre menudo en estatura y sonríe de vez en cuando. Andrés bebe un sorbo y dice “Si ese tipo no la concreta yo sí le hago”. Mientras tanto el DJ anuncia a la siguiente participante en el ring de La Piscina:



                               “Un aplauso para Sofíaaaaaaa…
                                                                              La Maquinaaaaariaaaa”



Sofía llega hasta el centro del puente, lleva un traje de baño fosforescente que cambia de color según la intermitencia del strober, a veces es rojo, verde, amarillo, fucsia, el bikini parece un camaleón sobre el terreno etéreo de su cuerpo. En La Piscina aún no suena electrónica, las mujeres bailan a ritmo de reggaetón y Sofía parece coreógrafa de Daddy Yankee, movimientos de cadera inimaginados señalan el recorrido de los ojos de quienes la ven. En su mano derecha sostiene un bon bon bum rojo que lame mientras se mueve. Sujeta el nudo del sostén, lo desata con una facilidad que casi ni se nota, lo arroja al suelo y toca sus pechos, sus pezones color marrón y desliza las yemas de los dedos por todo el cuerpo, acariciándolo, reconociéndolo. Coloca las manos sobre la baranda norte del puente, saca el culo y vuelve a moverlo en círculos, con la mano derecha baja la tanga y en dos segundos su cuerpo desnudo, como trazado por un compás, queda a la vista de todos. Aún tiene el bon bon bum en su mano, lo lame, lo baja despacio hacia su sexo y lo frota mientras cierra los ojos y muerde los labios. Baila unos minutos más y acaba la música, todos en el club la aplauden y dos empleados se acercan y la tapan con una bata verde.

Andrés mira hacia atrás, gira la cabeza hacia la silla vacía que tiene al lado y la mujer delgada, pequeña y con tatuajes de hace un momento se sienta a su lado. Él le pregunta cómo va la vaina y la invita a una cerveza, ella sonríe, le da la mano, dice que se llama Dayra y le va bien, también que veinte mil de cualquier servicio van para la casa y ella se queda con el resto. Andrés consulta su bolsillo y se encuentra con cuarenta mil pesos, ella le dice que una hora le cuesta ciento cincuenta mil, él le insiste en que si con los cuarenta mil puede aunque sea comprarse una “mamada”, ella le dice que claro, y que además le daba un tour por la casa. Andrés se para de la mesa, ella lo coge de la mano y andan hacia la registradora. Piden el nombre de la puta para anotarla y ella duda, no recuerda qué le había dicho a Andrés, pero segundos más tarde consigue acordarse. “Son sesenta mil, por favor” Andrés abrió los ojos y dijo “¿Pero no eran cuarenta?”, Dayra le contestó en tono serio: “Sí, cuarenta mil para mí y veinte para la casa”, “Ay, pero es lo que tengo, ¿no se puede así?” agregó Andrés, “No” dijo Dayra. Andrés regresó a la silla, aburrido.

El tercer show de la noche estaba a cargo de “Pocahontas”, mujer de pelo castaño y necesitada de bronceado, con senos redondos que no cabrían en la mano de un adulto a no ser que se ayude con la otra.
“Ahg, ¿Tener que pedirle rebaja a una puta por una mamada? Eso es triste, vámonos a ver qué conseguimos por ahí, pero que me gasto estos cuarenta mil, me los gasto” replica Andrés y abandona el club.

Afuera sigue lloviendo, baja una, dos cuadras y se da cuenta que entre más lejos de las esquinas las mujeres son distintas, las voluptuosas mujeres del Castillo y La Piscina no existen, muchas de las que esperan en la puerta de un motel, o una casa, en la esquina o un parqueadero están gordas, se les ven las estrías, el cansancio, el desespero. Mientras que en los dos establecimientos de sexo más importantes de Santa fe las mujeres esperaban a ser llamadas, a fuera, en la periferia las mujeres buscan a sus clientes, Andrés oye frases como “Venga papito, ¿Quiere que le presente a una amiga?, no camine tan rápido, vea todo esto para usted” No lo alienta que el producto le hable, quiere seleccionar, así que desanimado y luego de fumar otro Piel Roja en la esquina de la carrera 16 con calle 23 decide irse, sin cumplir su objetivo, sin sanar la angustia y el desespero que a veces produce llevar cuatro meses sin tener sexo.

Camina hacia el oriente, ve a cuatro hombres en la esquina que hablan, desconfía de ellos y cruza la calle, mira hacia atrás y sigue caminando, de pronto, vuelve a voltear cuando una voz ruda le dice “Quieto gonorrea”, esas dos palabras fueron el detonante en la energía de las piernas que menos  mal no se gastaron en alguna puta y sirvieron para correr y escapar de los ladrones, los cuatro hombres que antes esperaban lo persiguieron pero él logró zafarse, siguió corriendo hasta llegar a la Avenida 19, parecía que los cuchillos que llevaban los atracadores no lo perturbaban y fue entonces cuando dijo: “Voy a volver, buscaré a Dayra y me la follaré, me dejó con esa espinita que quiero sacar”.

Llama a un amigo que vive cerca, coge un taxi que la cobró cinco mil pesos y duerme en un sofá arreglado para visitas, herido por no haber tenido la plata suficiente para conseguir los servicios de Dayra, y con el propósito de regresar, buscarla y follarla.



domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Por qué no me lo dijeron mis padres?



Nuestros padres nos engañan desde que nacemos, comienzan con que los bebés llegan en cigüeñas o que son regalos de Dios, ¿Por qué no dicen: Naciste porque mamá y yo estábamos calientes? Tendrían que explicarme en qué consiste “estar calientes”, pero creo que hubiera entendido, haciendo eso evitarían tantos tabúes con respecto al sexo.

La segunda gran mentira es: PAPÁ NOEL. Carajo que me dolió saber que Papá Noel era un tío obeso que cada 24 de diciembre se vestía con un traje rojo y botas negras. Fue genial hasta ese día, era feliz viendo a un gordo bonachón que regala cosas, pero hubiera preferido saber que mis papás gastaban a veces más de un día caminando buscando lo que yo quería, me habría gustado más saber que ellos eran los que ponían al niño Jesús recién nacido en el pesebre, que Papá  Noel recogía la carta que le dejaba en el Árbol; pero uno tampoco ayuda, me decían que Papá Noel llegaba en renos voladores y entraba por la chimenea. Primero, a Colombia no había llegado el Red Bull cuando los renos ya volaban y en mi casa no había chimenea, ¿Cómo coños entonces uno podía creer en eso? Se aprovechan de nuestra nobleza.

Así siguieron las mentiras y las revelaciones a través de los años: El ratón Pérez, la Patasola, el Loco del costal, que no me pase las pepas de la naranja porque me crece un árbol en el estómago, que si me trago el chicle se pega en mis tripas, que no puedo ir en pantaloneta a la iglesia, que Pokémon es diabólico y el televisor pone los ojos cuadrados.

¿Por qué no me dijeron que Blanca Nieves tenía un fetiche con enanos?,  ¿que Alicia se tripiaba para vivir en dos mundos, que Pueblo Paleta no existe, que no puedo hacer un kame kame –ha como Gokú, que el fútbol no es solo un juego, que la vida no es un ratico y que Dios es voyerista?

A lo que voy es que no tienen por qué disfrazar las vainas, que si están llorando no digan que es un mugre que se metió al ojo, que si mamá tiene un ojo morado no es porque prueba un maquillaje nuevo, que si me dan lo que tienen de comer no es porque no tienen hambre, que si tuvieron un mal día no digan que todo está bien. Si debemos marcharnos porque están amenazados no lo oculten como vacaciones.

Habrían evitado tantas desilusiones diciendo la verdad, nos mienten toda la vida, un día y de la nada deciden “abrirnos los ojos”, pero cuando lo hacen ya muchas cosas las sabemos. Cuando nos quieren hablar de drogas ya metimos hongos, ácido y pepas. Deciden hablar sobre sexo y ya hemos visto porno, oído de abortos, violaciones y conocemos todos los métodos de anti concepción.

Aunque todavía me dicen mentiras y las creo, todos los días “están bien” (Por favor, ¿quién está bien todo un año? Eso ni Jorge Duque Linares y Paulo Cohelo juntos).

¿Es necesario mentir para creer en la magia del Papá Noel, Alicia en el país de las maravillas y un niño que nunca crece? Claro que no, somos niños y podemos creer en lo que se nos dé la gana, creatividad de sobra tenemos para ver en la realidad lo que ellos no pueden, siempre diferenciamos lo que es de lo que no existe, es elemental.

Ellos ya olvidaron lo que significa ser pequeños,  están consumidos en su mundo de mentiras, sus posibilidades de vida se desenvuelven en lo que piensan y deben decir, y nos quieren hacer parte de él cada que mienten.

Nosotros los niños nos movemos en la virtualidad de la imaginación, para nosotros cada día esconde una gran verdad, desde Papá Noel hasta el mensaje detrás de un capítulo de Los Simpsons. No nos acompleja enterarnos que no podemos teletransportarnos ni volar, ni saber que El ratón Pérez es hermano del Hada de los dientes y que ninguno existe, no nos atormenta, no nos afecta, podemos inventar mejores cosas, como que el Hada de los dientes premia con 100 mil pesos el diente más lleno de caries para así justificar el comer tanto dulce.

El hecho es que no tienen por qué engañarnos, podemos encontrarle explicación a todo lo que existe o pasa en el mundo, justificar un tornado como un estornudo de Dios, una estrella fugaz como una bala perdida de gigantes que juegan tiro al blanco sobre el sol. Para nosotros los niños todo tiene explicación, para ustedes los adultos hay cosas que no se pueden saber. ¿Hay vida después de la muerte? Claro que sí la hay, es un parque de diversiones inmenso, a las atracciones se montan los que ayudaron a quienes lo necesitaban mientras vivían y los que no lo hicieron se dedican a hacer el mantenimiento de los juegos.

No pongan barreras a nuestra imaginación, no nos engañen, no ignoramos lo que pasa a nuestro alrededor, solo intentamos darle otra explicación.

PD: Si sus padres les dicen que “están bien” y sienten que no es cierto hablen con ellos, conviértanse de nuevo en ese niño que les devolvía la tranquilidad con solo un abrazo.