martes, 26 de enero de 2016

Las cosas cambian

Las cosas cambian. Ya no hay angustia enfermiza sino ansiedad esperanzadora. Las nubes no tienen forma de pasado y el desayuno ya no sabe a preocupación. Las cosas cambian.

Los lugares favoritos volvieron a ser seguros, las batallas se libran en muros ajenos, acá ya no cae ni la esquirla de una indirecta y mi trinchera está protegida por un ángel hecho de pasta.

Las cosas cambian y parecen irreconocibles. Los tragos amargos se volvieron insípidos, el insomnio ahora es voluntario, los problemas se disipan suaves como soplo a diente de león y la fuerza de voluntad por fin entró al gimnasio. Las cosas cambian y nunca más serán iguales, por fortuna.

Cambian los discursos. Desescalar el lenguaje tuvo sus frutos y las palabras “viaje, aurora, baile, postre, fideo y pechos”  remplazan términos obsoletos como “imposible, desastroso, tóxico, estancado y frustrado”. Los diálogos se bailan en la sala, la comisión de paz es una pequeña expedición a su habitación y la restitución se efectúa con un abrazo por la espalda.

Las oportunidades se volvieron tendencia y los lamentos errores 404. Algunos recuerdos se van directo al spam y aparece la vacuna contra el stalkeo.

Los miedos son más peligrosos que Pacho Santos con un teaser. Nos vuelven vulnerables como la defensa de Millonarios y nos acosan como el defensor del pueblo. Acumular temores es más peligroso que un tuitero vengativo. Pero un día las cosas cambian. De la nada aparecen los motivos debajo de la almohada y el primer aliento del día es más fuerte que Chuck Norris. El tiempo avanza y los planes in-creíbles son más certeros que nunca. El camino de la vida parece recién pavimentado.

Ahora los días tienen el cabello rubio y dan besos chiquitos. Pronuncian con dificultad la letra Ñ y hablan como si estuvieran cantando. Las cosas cambiaron, y cambiaron para bien.

sábado, 17 de octubre de 2015

El momento indicado

No quiero estar más tiempo solo, no quiero seguirme acostando con viejas que no me gustan, no quiero conocer a alguien y esperanzarme, no quiero que las esperanzas se acaben a las dos semanas.

No quiero seguir reprochándome lo que hice mal, no quiero seguir cargando cruces ajenas, no quiero recibir tanto odio, no quiero estar solo, no quiero estar solo.

No quiero que mis metas sigan siendo metas, no quiero sentirme inútil, no quiero sentirme limitado, no quiero sentir que pierdo el tiempo, no quiero escribir cosas que no me gusta escribir.

No quiero seguir viendo películas solo, caminar solo, trasnochar solo, almorzar solo, reírme solo, cantar solo, discutir solo, imaginar solo.

No quiero esperar mensajes, no quiero esperar llamadas, no quiero esperar disculpas, no quiero esperar, no quiero seguir esperando. Estoy cansado de esperar.

Quiero que los días sepan a café y huelan a cerezas, quiero que tengan el color de su piel y se sientan suaves como sus pómulos. Quiero verla en todas partes, pisar sus pies, abrazar su espalda, escribir en su pecho, dormir en su vientre.

Quiero hacer bien lo que hice mal, quiero aprender nuevas palabras, oír más canciones, saber de sus viajes, de cómo es el mundo, quiero ir a Finlandia y ver una aurora boreal.

Quiero sentarme tranquilo a la mesa, quiero aprender a escribir, quiero aprender a bailar, quiero que me lea, que imagine, que explote a carcajadas, que explote por comer empanadas.

Quiero que santa fe gane los tres torneos, quiero que esté conmigo así lo perdamos todo.

No sé bien a quién le escribo esto, si a usted, si a alguien más, si a mí. Hay un poco de los tres. Solo sé que es frustrante saber que aún no es el momento indicado.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Polvo de cajón

Explíqueme por qué podemos leernos la mente y no la piel, por qué permanecemos sin haber estado, por qué seguimos buscando cosas que ya encontramos.

Explíqueme por qué no la entiendo si concordamos en tanto, por qué la deseo si no he vuelto a soñarla, por qué la siento cerca si me hace tanta falta.

Coincidimos cuando no era apropiado, llenamos de esperanzas un vaso roto, que cuando quise repararlo, ya había desaparecido. Explíqueme por qué la sigo esperando si ya regresó.

Perseguí con terquedad sus fugaces labios, me embriagué en su sabor a café, me acostumbré a su insomnio. Congelé todos los recuerdos hasta la hipotermia.

Me volví experto en ver el todo de la nada, en descifrarla sin que usted sospeche que está encriptada. Pude entenderla luego de desconocerla.

Ya no me tiene que explicar, no es momento para desencuentros, suspiros perdidos o llamadas equivocadas. Tomé la decisión de guardarla en el cajón de las cosas pendientes, lejos de todo afán y pretensión, protegida de lluvias que enferman, aislada de pasados venosos. Allí permanecerá hasta que deje de ser un pendiente, o hasta perderse en el polvo del cajón.

martes, 18 de agosto de 2015

Viajando en Transmilenio: de lo traumático a lo sexual

PUBLICADO EN LA EDICIÓN DE MAYO DE 2015 DE LA REVISTA ENTRE LÍNEAS


“La primera vez que lo hice, vi cómo uno de ellos le bajaba la cremallera del pantalón al otro y comenzaba a tocarlo. Quedé estupefacto” Cuenta Esteban, un joven que cita personas en un bus de Transmilenio para ver cómo se coquetean y rozan sus jeans.

“Mis amigos ni siquiera se imaginan que monto en Transmilenio”. Así comienza a contar su relato, se le oye alterado, como si las palabras se le llenaran de angustia  “Esto no se lo cuento a nadie, ni a mi consciencia”. Tiene 25 años, es abogado. Para montarse en un Transmilenio le tiene que decir a su conductor que lo espere en determinada dirección para poderse escapar y subir a un bus rojo, solo así —dice él— podría cometer esa locura.

En Facebook hay decenas de grupos formados para conocer gente, ya sea con el interés de hacer amistades, de charlar un rato, tener aventuras o encuentros sexuales. Esteban utilizó uno llamado Encuentros Transmilenio Gay. Lo que hizo fue postear lo siguiente: “Voy a estar en la estación de la calle 26, voy a coger el C19 y estaré a las 5:30p.m. en la última puerta”.

Luego le comenzaron a llegar mensajes en el chat para acordar el encuentro. La gente se describía físicamente, contaba qué ropa llevaba puesta; detalles finos para evitar una penosa equivocación. En principio confirmaron 3 personas, pero llegaron cinco o seis. Él no se describe como es, no quiere que lo reconozcan, no se hace en la última puerta, ni siquiera la cuenta de Facebook que utiliza es real.

“Lo que le voy a contar es algo incómodo: ellos empiezan a mirarse, a tener roces físicos, aprovechan que el sistema está colapsado por la cantidad de gente. Se empiezan a tocar, a manosear. Yo solo observo. La primera vez que lo hice, vi cómo uno de ellos le bajaba la cremallera del pantalón al otro y comenzaba a tocarlo. Quedé estupefacto. Hasta ahí es mi emoción, hasta ahí llego yo”. Esteban dice que nunca sería capaz de hacer parte de tal escena, que esos hombres ni siquiera serían parte de su círculo social. Los usa, los engaña y le saca provecho a ese show que terminaría en escándalo si algún otro usuario se percatara de lo que pasa.

“Es emocionante ver que logré que desconocidos se encontraran, se manosearan, que tuvieran un trayecto feliz. Después salgo cagado de la risa, temblando, emocionado, satisfecho. Es como una adrenalina que corre por el cuerpo. Siento un grado de “maldad” porque los pongo en escarnio público pero ellos aceptan el juego” —cuenta orgulloso.

El placer de ver actos eróticos se denomina vouyerismo, es la categoría en la que estaría encasillado Esteban. Para Felipe Castro, psicólogo clínico, lo que sucede en Transmilenio no se reduce al vouyerismo sino que surge algo llamado parafilia. “Son desviaciones de la excitación, que se pueden dar  por asociaciones de escenas de cine, televisión, o que la gente misma imagina, y ve la posibilidad de materializarlas en lo real. En este caso de Transmilenio podemos ver presencia de agorafilia, o el gusto por tener encuentros eróticos en lugares públicos, como también se evidencia el froteurismo, es decir, el roce de los genitales con otra persona en lugares donde hay mucha gente”.

Sebastián, otro joven que pidió que se le cambiara el nombre,  también hace parte del grupo Encuentros Transmilenio Gay. Dice que el fin del grupo no es un encuentro sexual: “el propósito es hacer amigos, tener una buena charla. Conozco parejas que se conocieron en Transmilenio y actualmente siguen juntos. Lastimosamente hay muchas personas de la comunidad LGBTI que sí usan los grupos con fines sexuales, pero no somos todos, no se puede generar una imagen así a partir de unos cuantos casos”.

¿Pero por qué en Transmilenio? ¿Por qué no citarse en un café, en un bar, en un centro comercial si el objetivo es charlar? Sebastián dice que es por seguridad, pues en esos espacios han sido víctimas de agresiones por intolerancia. “Es cierto que tenemos casas de la cultura, lugares específicos para la comunidad LGBTI, pero entonces la gente dice: ‘ahí solo van homosexuales’. En cambio, en Transmilenio somos un grupo de personas cualesquiera que va en un bus común y corriente, entonces nos sentimos tan parte de una sociedad, que la gente no se da cuenta de que estamos ahí”.

Esteban cuenta que no es necesario ponerse citas para que ocurra un encuentro, “Cualquiera que se suba a un Transmilenio a las 5, o 6 de la tarde, comprueba que las personas se miran, se vuelven a mirar, se siguen mirando y comienza el roce, sin que lo hayan acordado antes” A Sara, quien también pidió que se reservara su nombre real, le sucedió tal cual lo describe Esteban. Ella realizaba su habitual recorrido en Transmilenio para ir al trabajo. Vio detrás suyo a un hombre que le pareció apuesto y, sin pretenderlo, él comenzó a rozarla. Ella no sintió fastidio ni perturbación, no se sintió incómoda, en cambio “Me excité, hubo una química sexual. Me gustó estar de esa manera con él, fue un momento raro, tensionante. Él y yo sabíamos lo que estaba pasando, pero nos hacíamos los locos, como si estuviéramos muy pegados porque toca y no por gusto”.

Desde encuentros espontáneos hasta citas acordadas, Transmilenio se convierte en una vitrina de dramas sociales, no solo es muestra de la inseguridad capitalina, del desempleo y el caos de la movilidad, también refleja la crisis de la identidad, que no puede ser vivida a placer porque hay tabúes e impedimentos culturales que no dejan ser lo que se quiere ser. “Tengo novia, mi familia es muy conservadora y mis amigos son tan ignorantes…” Cuenta pausadamente Esteban, llenando cada letra que pronuncia con la impotencia que siente, “Cuando eres una persona “heterosexual” y descubres que tienes un gusto por los de tu mismo sexo, no puedes contarlo, porque de seguro te van a joder. Por eso busco métodos por debajo de mesa que me ayuden a hacer la vida más llevadera, de algún modo”.